Hay una pregunta que lleva mucho tiempo rondando mi cabeza y que, cada vez que observo el mundo en el que vivimos, cobra más fuerza: ¿por qué para casi todo existen requisitos, menos para criar a otro ser humano?
No puedo evitar pensar en ello cuando veo noticias sobre maltrato infantil, violencia familiar, bullying, abandono emocional o incluso cuando escucho a alguien decir con orgullo frases como "a mí me golpeaban y aquí estoy", como si sobrevivir fuera sinónimo de haber crecido bien.
Yo sí considero que, antes de casarse o decidir traer hijos al mundo, las personas deberían pasar por una evaluación psicológica y un proceso de preparación emocional. No porque crea que exista la perfección o porque piense que solo ciertas personas "merecen" formar una familia. Lo pienso porque criar a un ser humano es probablemente la responsabilidad más grande que alguien puede asumir y, sin embargo, es una de las pocas para las que nadie nos prepara.
Vivimos en una sociedad donde se exige una licencia para conducir un automóvil porque un error puede costar vidas. Se necesita estudiar durante años para ejercer profesiones que implican responsabilidad sobre otras personas. Incluso para adoptar un animal existen entrevistas y revisiones para comprobar que el hogar es adecuado.
Pero para traer una vida al mundo no existe absolutamente nada.
Solo basta con poder hacerlo.
Y eso me parece una contradicción enorme.
No estoy diciendo que un examen psicológico convierta automáticamente a alguien en un buen padre o una buena madre. Tampoco creo que una persona con ansiedad, depresión o cualquier otro diagnóstico psicológico sea incapaz de criar a un hijo. De hecho, muchas de ellas hacen un trabajo admirable porque reconocen sus dificultades, buscan ayuda y trabajan constantemente en sí mismas.
Mi preocupación nunca ha sido la salud mental en sí.
Mi preocupación son las personas que normalizan la violencia.
Las personas que disfrutan humillando.
Las que encuentran divertido hacer sentir menos a alguien.
Las que utilizan el miedo como forma de autoridad.
Las que creen que insultar educa.
Las que convierten el sufrimiento ajeno en entretenimiento.
Las que hacen del abuso una costumbre y luego lo llaman "carácter".
Esas personas existen.
Y muchas veces también son padres.
Cada niño llega al mundo como una hoja en blanco. Sí, cada uno tiene su personalidad, pero gran parte de lo que aprende proviene del ejemplo. No aprende únicamente cuando alguien le da un consejo. Aprende observando cómo sus padres hablan, cómo resuelven un conflicto, cómo reaccionan cuando se enojan, cómo tratan a quienes consideran inferiores y cómo hablan de las personas diferentes.
Los hijos no solo heredan los ojos o la sonrisa.
También heredan formas de amar.
Formas de pelear.
Formas de pedir perdón.
Formas de odiar.
Y, desgraciadamente, también pueden heredar formas de lastimar.
Muchas veces nos preguntamos por qué existe tanto bullying en las escuelas.
¿Por qué hay adolescentes que disfrutan humillando a otros?
¿Por qué algunas personas parecen incapaces de sentir empatía?
¿Por qué alguien encuentra placer en hacer llorar a otra persona?
Las respuestas nunca son simples. Hay factores biológicos, sociales, culturales y personales. Pero tampoco podemos ignorar el enorme peso que tiene el hogar.
Porque un niño no nace sabiendo burlarse del aspecto físico de alguien.
No nace creyendo que la violencia es divertida.
No nace pensando que demostrar sentimientos es una debilidad.
Eso se aprende.
Y, si se aprende, también significa que alguien lo enseñó.
A veces de manera consciente.
Otras veces únicamente con el ejemplo.
Creo que como sociedad estamos demasiado acostumbrados a reparar los daños cuando ya es demasiado tarde.
Invertimos millones en cárceles, hospitales, programas contra la violencia y campañas contra el acoso escolar.
Pero muy poco en prevenir.
¿Por qué esperamos a que una persona tenga treinta años y una vida llena de heridas para ofrecerle terapia, cuando quizá habría sido mucho más sencillo ayudar a sus padres veinte años antes?
Me pregunto cuántos traumas podrían evitarse si aprender a gestionar emociones fuera tan importante como aprender matemáticas.
Cuántas relaciones violentas nunca existirían si desde antes de formar una familia las personas recibieran acompañamiento psicológico.
Cuántos niños crecerían sintiéndose seguros si sus padres aprendieran primero a reconocer su propia ira, sus frustraciones y sus heridas.
Porque también creo algo importante: muchas personas lastiman porque antes fueron lastimadas.
Eso explica muchas conductas.
Pero no las justifica.
Todos somos responsables del impacto que tenemos en los demás.
En algún momento debemos dejar de decir "yo soy así" y empezar a preguntarnos "¿qué puedo hacer para dejar de herir?".
Por eso, cuando hablo de una evaluación psicológica, no imagino un filtro para decidir quién merece tener hijos y quién no. Imagino una oportunidad para detectar problemas, ofrecer apoyo, enseñar herramientas de comunicación, hablar sobre regulación emocional, resolver conflictos y romper ciclos familiares que llevan generaciones repitiéndose.
No sería un castigo.
Sería prevención.
Porque nadie nace sabiendo ser padre.
Pero tampoco deberíamos asumir que cualquiera está preparado solo porque biológicamente puede tener hijos.
Hay quienes pasan años preparándose para comprar una casa, elegir una carrera o emprender un negocio.
Y, aun así, convertirse en padre suele depender únicamente de un deseo.
Quizá deberíamos dejar de romantizar tanto la idea de tener hijos y empezar a hablar más sobre la responsabilidad que implica formar a otro ser humano.
Porque un hijo no es una terapia.
No es un proyecto para reparar un matrimonio.
No es una extensión del ego de sus padres.
No vino al mundo para cumplir sueños ajenos ni para cargar heridas que nunca le pertenecieron.
Vino para construir su propia historia.
Y merece comenzar esa historia con las mejores herramientas posibles.
No tengo la solución definitiva para todos los problemas de la sociedad.
Probablemente nadie la tenga.
Pero sí estoy convencida de algo.
Si realmente queremos un mundo con menos violencia, menos odio y más empatía, quizá deberíamos dejar de preguntarnos únicamente cómo educar a los niños y empezar a preguntarnos cómo estamos educando a quienes algún día serán sus padres.
Porque, al final, la infancia no determina por completo el futuro de una persona, pero sí deja huellas profundas.
Y mientras sigamos creyendo que cualquiera puede criar sin preparación, seguiremos sorprendidos por adultos que nunca aprendieron a amar sin lastimar.
Tal vez la verdadera pregunta no sea si una evaluación psicológica resolvería todos los problemas.
La verdadera pregunta es: ¿por qué seguimos creyendo que prepararse para criar una vida es menos importante que prepararse para casi cualquier otra responsabilidad?
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